Por un sinuoso camino y a gran velocidad, un hombre borracho conducía su coche. De repente, perdió el control saliéndose del trayecto, precipitándose contra una charca pestilente.
Varias personas, al ver el accidente, corrieron al lugar y ayudaron a incorporarse al conductor. No podía ocultar su borrachera cuando uno de sus auxiliadores le dijo:
- Pero ¿es que no ha leído usted el célebre tratado de Naraín Gupta sobre los efectos perjudiciales del alcohol?
El ebrio conductor sin dejar de hipar y tartamudear le dijo:
- Yo soy Naraín Gupta.
Un hombre rico decidió visitar a un sufí para obtener su bendición. Realizó un largo viaje acompañado por una deslumbrante comitiva y al fin llegó al hogar del sabio.
- ¡Oh, Iluminado! - exclamó el hombre rico al estar en presencia del sabio - ¡Maestro cuyas invocaciones obtienen siempre respuesta, di una oración por mí!
- ¿Qué oración quieres que realice? - preguntó el sufí.
- Pide - respondió el potentado - que nunca caiga en un estado inferior al que me encuentro ahora.
El sufi estuvo de acuerdo y efectuó la oración.
Algunos años más tarde, el sufí entró en un miserable caravanserai y encontró a un mendigo, vestido con harapos, que le atacó cuando le vio.
- ¡Yo soy aquel magnate por quien tú rezaste, falso y villano supuesto sufi! - gritó el mendigo.
El sufi dijo:
- ¿Cuál es con exactitud tu queja?
- ¿Queja? ¡ Mírame, pidiendo limosna e infeliz...!
- La oración ciertamente obtuvo respuesta. Tu estado era codicia e inseguridad y aún te encuentras fuertemente atrapado en sus garras.
Hoy como cualquier otro día, nos despertamos vacíos y asustados.
No abras la puerta del estudio y empieces a leer.
Coge un instrumento musical.
Deja que la belleza de lo que amamos sea lo que hacemos.
Hay cientos de formas de arrodillarse y besar el cielo.
Rumi
El emperador del Japón visitaba sus provincias. Cuando llegó a una ciudad, vio una diana con una flecha clavada exactamente en el medio de la diana.
Un poco más lejos, durante su visita, vio otra diana con otra flecha. Esta segunda flecha también estaba clavada en el centro de la diana.
Así varias veces. A la cuarta diana con un tiro perfecto, el emperador quiso conocer a tan extraordinario tirador.
- ¡Oh no! - le dijo un dignatario de la ciudad - no vale la pena, es un idiota.
- ¿Un idiota? pero ¿cómo puede ser que un idiota quien tire con esa divina puntería?
- Muy sencillo. Primero tira la flecha y después dibuja la diana a su alrededor.
Entré a casa de mi maestro Abulabás el Oryani en ocasión en que mi alma se sentía hondamente turbada ante el espectáculo de las gentes, a quienes veía rebeldes y empeñadas en contradecir la ley de Dios. Mi maestro me dijo:
- Querido mío, ¡preocúpate de Dios!.
Salí de su casa y entré a la de mi otro maestro, Abuimrán de Mértola, el cual, al conocer mi estado de ánimo, me dijo:
- ¡Preocúpate de tí mismo!.
Entonces exclamé:
- ¡Oh, señor mío! Perplejo me quedo entre vosotros dos: Abulabás me dice: ¡Preocúpate de Dios!, y tú me dices: ¡Preocúpate de tí mismo!, siendo así que ambos sois dos maestros que me dirigís por el camino de la verdad..
Echóse a llorar Abuimrán, y me dijo:
- ¡Ah, querido mío! Lo que te indica Abulabás es la verdad y a ello hay que volver. Lo que sucede es que cada uno de nosotros te indica lo que su propio estado místico le exige. Yo espero. sin embargo, que Dios querrá hacerme alcanzar el grado de perfección a que Abulabás ha aludido. Escucha, pues, su consejo, que es el más conveniente para mí y para tí.
¡Ah, y qué hermosa es la ecuanimidad de los sufíes! Volví entonces a casa deAbulabás y le referí lo que me había dicho Abuimrán. Abulabás me dijo:
- Ha dicho bien Abuimrán, porque él te indicó cuál es el camino de la perfección, mientras que yo te indiqué cuál es el compañero de viaje. Obra, pues, conforme a lo que él te dijo y conforme a lo que yo te dije; es decir, junta en una ambas preocupaciones: la del camino y la del compañero; porque todo el que no va por el camino de la perfección acompañado de Dios, que es la Verdad , no puede tener certeza de su salvación.